Barrancas del Cobre – Dia 3

🥾 De Rohuerachi al Río San Ignacio

El tercer día nos llevó por un trayecto de aproximadamente 10.09 kilómetros, marcado por un descenso prolongado y técnico. Iniciamos a una altitud de 2,324 metros, en la cima de la barranca, y descendimos hasta los 1,160 metros, siguiendo senderos que exigían atención constante y un paso firme.

El desnivel acumulado fue considerable: más de 1,160 metros de descenso, intercalados con pequeños ascensos que sumaron alrededor de 356 metros positivos. La caminata se extendió por cerca de 6 horas y 48 minutos, con pendientes que alcanzaron hasta 67° en ciertos tramos, y un promedio de 8.3° que mantenía la tensión en cada paso. El terreno se volvió más técnico: piedra suelta, veredas estrechas y segmentos donde el equilibrio era tan importante como la resistencia.

La vegetación acompañó la jornada con contrastes: bosques en las zonas altas, seguidos de pastizales y matorrales conforme descendíamos, con una cobertura arbórea promedio del 22%. La diversidad del entorno ofrecía sombra ocasional y paisajes cambiantes, pero el verdadero reto del día fue la precisión en cada movimiento, pues la bajada hacia el Río San Ignacio se convirtió en una prueba de concentración y resistencia.

🌅 Amaneciendo en Rohuerachi

La noche había sido apacible, y el grupo despertó en un ambiente fresco y oscuro, todavía envuelto por el silencio de la sierra. Escuché una alarma; mis ojos ya estaban abiertos. Observé la cara de mi esposa, su sonrisa me llenó de alegría. Supe que estábamos listos para este nuevo día.

La fogata, que nunca dejó de ser el centro de reunión, chisporroteaba nuevamente, trayendo calor y compañía en las primeras horas de la mañana.

Marco ya se encontraba preparando el desayuno, y el aroma de un café caliente nos dio los buenos días, devolviendo energía y ánimo al campamento. Se decidió esperar un poco más de luz antes de desmontar las tiendas, permitiendo que la claridad guiara los movimientos y que cada quien pudiera organizar sus cosas con calma.

En medio de la preparación, se escuchó la voz que marcaba la hora de partida. La expectativa de los hermosos paisajes que nos aguardaban llenaba de emoción al grupo. Antes de emprender el camino, se tomaron las últimas fotos en Rohuerachi, como un gesto de despedida y memoria compartida.

🚶‍♂️ La caminata hacia el Río San Ignacio

El inicio del sendero marcó de inmediato la dificultad del día: estrecho, apenas para una persona, con terreno suelto y pedregoso que obligaba a mantener la concentración en cada paso. El descenso se volvía técnico y exigente, pero también lleno de vida y energía compartida. Las hermosas vistas que se abrían frente a nosotros eran el premio justo al esfuerzo, recordándonos que cada tramo superado traía consigo una recompensa visual que valía la pena.

Durante la bajada, mi esposa contagió su alegría al introducir un término nuevo para nuestro guía Reyes: la palabra “guango”. Usada de manera cómica para describir a alguien cansado o flojo, se convirtió en parte del viaje. Desde entonces, Reyes gritaba : “¿Cómo vienen guangos?”, “Terreno guango aquí adelante”. Las risas se escuchaban. La réplica no se hacía esperar; “bien guangos”. La broma acompañó al grupo durante el resto de la travesía.

Uno de los descansos más memorables fue en la “cueva de la chiva”, como se le ha decidido llamar en travesías anteriores. Es la morada de una familia Rarámuri: la mitad de la cueva sirve de hogar y la otra mitad de corral para sus chivas. Allí compramos un cabrito que ellos mismos prepararon para nuestra cena. La expectativa crecía: cabrito fresco, tortillas recién hechas y chile chiltepín. ¿Qué más podíamos querer?

El sendero continuó por otras tres a cuatro horas hasta que el murmullo del río comenzó a escucharse. Al llegar al Río San Ignacio, lo único que pensamos fue en un baño. El agua fría cortaba la piel, la sensación de relajamiento nos invadió. El jabón y el shampoo se compartieron, y la alegría se multiplicó en ese momento de frescura y descanso.

Mientras tanto, Juan Carlos y Marcial se enfocaron en limpiar el cabrito y terminar su preparación. Varas peladas a navaja, carne fresca insertada, y el fuego esperando la brocheta. La cena fue un verdadero manjar, acompañada de bromas y comentarios que animaron la velada. Nos despedimos del día dispuestos a dormir con el murmullo del río como arrullo.

Aunque aún faltaba el desayuno. Marcial dejó parte del cabrito en cocimiento durante toda la noche, transformándolo en un «caldo de hueso». El amanecer volvió a ser un esplendor, y aquel caldo, servido en la oscuridad de la mañana, nos animó para lo que vendría.

“Este día nos recordó que cada paso difícil encuentra su recompensa: entre risas, paisajes y el murmullo del río, descubrimos que la verdadera riqueza del camino está en compartirlo.”

Deja un comentario